lunes, 28 de septiembre de 2020

PINTAMONAS

Cenando en el restaurante, mirando su cara preciosa y sus ojos azules, llegó el momento de las siempre incomodas preguntas de reflexión donde te juegas la siguiente cita . Por tanto, hay que poner todos los sentidos y atención. Ella pregunta primero: 

-¿Eres sincero? 
-Bueno, ser sincero no lo considero una virtud, a veces puede ser muy desagradable la sinceridad.  
-¡Dijiste que eres pintor!... ¡Y no lo eres! 
-Eso no es mentir, es solo un camino más para llegar a un fin. 
-¿Engañas a más chicas con este truquito? 
-No es un truquito, fue improvisado y, esta tarde, todo ha sido maravilloso.
-Entonces, ¿ me firmarás el retrato?, ¿con tu nombre real? -Risas de ambos. 
-¡Nooo! Qué vergüenza, además, sabrán que te he visto desnuda si lo hago.

-¿Tú crees que se parece algo a mí? ¡Cómo se puede tener una cara tan dura! -rio divertida-. Tampoco eres vegano. Te estás comiendo un filete de ternera, tengo un chupetón en un pecho y la verdad, si lo pienso mucho, no tenemos muchas cosas en común. Veo que me has puesto tu nombre al dorso del retrato y tu móvil. No te prometo nada. Todo según la marcha, sin estrés. ambos. 

-¿Cómo se puede tener esa cara tan bonita? -Hice una pausa sosteniendo mi mirada-. Me ha encantado amarte de esa manera toda tarde y te he invitado a cenar para compensar daños colaterales -alegué-. He cenado un filete, porque nunca una historia de amor comenzó con una ensalada. -Sus labios se inclinaban hacia un lado para evitar reír.-Además, tenemos un comienzo que no olvidaremos, podemos ponerle un marco al dibujo para recordar nuestra primera cita  y más anécdotas en una tarde que muchas parejas en un año.

No creí conveniente decirle que tenia su numero, porque me hice una perdida con su móvil, ni el mordisquito en su larguita espalda. Ahora solo tengo que aguantar no llamarla antes de que lo haga ella.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

QUIMERA

                  Jueves de Relatos

- Sucedió hace unos quince años, doctora. Subí al metro con un vestidito y una chaqueta. Iba provocadora. Nos gustaba ir así: Jugar, coquetear, flirtear... Éramos muy jóvenes e inconscientes. Ese día el vagón iba a tope. Lectores de ojos  no dejaba de mirar mi escote y mis piernas. Se acercaban y se mantenían al lado pero cuando el metro llegó a Sol, entró tal cantidad de gente que nos vimos todos estrujados por todas las aristas, sin poder movernos.:

    »Una mano se posó en mi trasero y recorrió mis nalgas. No sé por qué pero le dejé hacer. Sentí su otra mano en mi costado, rodeándome con su brazo izquierdo y pegándome a su cuerpo. Su mano derecha se coló debajo de mi vestido, acariciándome sobre mis bragas.

    »Mis ojos se abrieron de sorpresa.  Sabía lo que hacía con sus manos, aunque yo solo era una tonta resabida. Me estaba excitando y su respiración en mi cuello me noqueaba. Apartó mis braguitas y metió los dedos en mi vagina, muy suave, en los puntos exactos. Y siguió pegándome a su cuerpo. Tuve que taparme la boca para no gemir.

    »Un par o tres paradas más tarde, noté cómo soltaba mi cuerpo emputecido de placer. Era una mujer joven y trajeada. Se perdió en el vagón después de dejarme una sonrisa y su tarjeta, dejándome totalmente húmeda. Era ajena a la gente. Fue la única experiencia sexual distinta que he tenido.

- Es bueno soltar estas cosas que llevamos dentro tanto tiempo y han podido ser un trauma en nuestra juventud - intervino la psicóloga .

- Espere, doctora- la interrumpí y me dejó hablar-. He venido porque hoy encontré entre mis cosas esa tarjeta. Estoy casada y tengo familia. No sé muy bien qué hago aquí pero no he podido olvidarlo -hice una pausa-. Supongo que ya sabe que fuimos usted y yo, los personajes de esta historia.

Sonrío, mientras se acercaba a mí. Aquella sonrisa...

viernes, 18 de septiembre de 2020

ALBORES

Demasiados días con demasiada paz, mi mente se estaba llenando de perversiones y mi boca echaba de menos mi licor favorito. Mi vecinita subía a horas incompatibles conmigo, me evitaba para realizar sus labores de limpieza en mi piso.
Con Min, desde que su marido vino de Corea, no sabía de ella y ya saben el dicho: "Cuando el diablo se aburre con el rabo mata moscas". Decidí darle una patada al avispero y provocar cosas.
Me presenté en el restaurante, la saludé cordialmente y pregunté si podía llevarme el pedido a última hora. Asintió con la cabeza sin decir nada.

Entró como siempre en mi piso, dejó la cena sobre la mesa con gesto ceremonioso. Su cabeza se inclinaba hacia abajo.

- ¿Todo bien, amor? -le susurré al oído mientras giraba a su alrededor.
- Sí, ya sabes todo. No sé qué decirte más.

Levanté su cara y la besé en la boca. Su reacción fue confusa. Quería retirarse y, a su vez, lo deseaba.

- Te echo de menos -dije, mientras mis manos la rodeaban. 

Su respiración nerviosa era conocida para mí. Con sus labios entre mi boca intentaba decir que era una mujer casada y sonaba a un, por favor, nada creíble.  Ya apoyada sobre la mesa y con la falda a la altura de su cadera, bajé a su sexo pero me paró. "Esto se acabó", pensé.
Fue al baño. Dejó la puerta abierta y observé cómo frotaba su sexo con una toalla húmeda. Al salir, volvió a enredarse en mi cuerpo como una serpiente, dándome por fin su cuerpo y mi licor favorito.

- Desnúdate y ofréceme tu cuerpo sin pudor. Ahora tienes más morbo para mí.

                                                                           

La penetré con firmeza. Usé palabras duras y la azoté enérgicamente. Me miraba sin entender pero no vi atisbo alguno de repudia.

- ¿Tienes hijos? ¿Cuántos? -interrogué mientras mis azotes eran más duros y ella no podía parar de hiperventilar.

Al final de una sesión de azotes y lamentos, confesó tener un hijo mientras profanaba esas nalgas en pompa y la masturbaba a su vez con un cómplice de juegos. Eran gemidos y quejidos por partes iguales y mi perversión crecía, asegurándome de que mi vecinita los escuchaba o quizás nos espiaba. Eso me daba un morbazo tremendo.

Acabé aplacando mis deseos  después de un par de semanas de abstinencia. La apoyé en la mesa mientras la besaba y mi cómplice remató la faena.
Me confesó que aquello era vergonzoso para ella, pero su lengua seguía por mi boca y sus brazos enroscados en mi cuello. Se hizo la calma. Solo se escuchaba su respiración agitada con su cabeza inclinada hacia abajo, apoyada en mi hombro.

 - Las cosas entre nosotros precisan cambiar, Min- -E hice una pausa en tanto le acariciaba el pelo-. No puedo ser ni tu novio, ni tu amante. Ne gustaría enseñarte un camino nuevo, si tú deseas, un camino donde conocerás el verdadero sentido de la libertad... y vivirás esta relación conmigo de una manera totalmente diferente. Te inspiraré la necesidad de estar conmigo, de desearme, de complacerme en todo... , cómo yo quiera y cuándo quiera, que acabes, libremente, eligiendo ser mía, totalmente mía. Tener el control de ti, que cedas tu voluntad a mi placer... -Ella me miraba como asustada. No estaba seguro de que comprendiera del todo lo que le estaba diciendo pero habíamos hablado alguna vez y había notado su curiosidad por el tema. No tenía prisa alguna.

Era tarde y pensé en acercarla al restaurante, mientras ella se vestía, me ausenté un momento. Baje a casa de la vecinita. 

- Tengo que salir pero, si quieres comida china, tienes sobre la mesa..., sin tocar. 
- ¿Estabas acompañado? -preguntó.
- No seas curiosa -contesté- y no entres al salón. Tengo que recogerlo -Dentro de mí había una sonrisa perversa. Sabiendo que allí,  en el suelo, exhausto, descansaba mi cómplice y toda la confesión obtenida, y que ella no resistiría la tentación.


Había cambiado algo dentro de mí. Cuando dejas salir a los demonios, algunos se niegan a volver…