domingo, 21 de noviembre de 2021

BENEDICTIO


Los encuentros con mi coreana empezaban a ser más dilatados en el tiempo. La presencia de su marido como una sombra y el aumento de trabajo, habían ocasionado que nuestra historia tomase una especie de impasse. Pero aquella tarde, ella tenía libre y el marido mucho trabajo, así que concertamos nuestra cita. 
Ella, dentro de su natural timidez, parecía siempre desconcertada, turbada, pero la piel le ardía, el pensamiento le volaba sabiendo mi ofrecimiento a preñarla. La desnudé y coloqué encima de la mesa, desnuda,  ofrecida para mí. Observé callado.


Acaricié su sexo, despacio, acariciando sus labios y el marfil sonrosado que florecía entre ellos, 

-Pídemelo como te he enseñado -le dije humedeciéndola con la lengua y sintiéndola temblar. 

Me lo pidió con un hilo de voz entrecortado. A veces la entendía, otras no, Sentí llegar a la vecinita, el morbo no impidió que la echase sin contemplaciones, obligando a su curiosidad tan solo a escuchar nuestros movimientos, el traqueteo de la mesa en cada embestida. Min se agarraba a los laterales. Yo me agarraba a ella, le levantaba las piernas, las colocaba en mis hombros y embestía una y otra vez, sin contemplaciones, 


A la mañana siguiente, la vecinita subió hacer las labores por las que fue contratada y preguntó, por supuesto, aunque lo primero que hice fue darle una soberana reprimenda por su actitud. Me miraba con cara de niña apenada pero le daba igual. No cambiaría de actitud. El sofoco se le pasaría en cuanto saliera por la puerta.

-¿En qué maldad pensabas mirándola en esa postura, pervertido? 
-Siempre que tengo la mesa puesta suelo rezar antes de comérmela toda- contesté.