domingo, 9 de agosto de 2020

PLANES


Escuché ruidos y bronca en el piso de abajo, solo podía ser mi vecinita y alguna de sus extrañas movidas.
Toqué a su puerta y ella abrió, con poca ropa.

-¿ Todo bien? -pegunté. Ella solo lloriqueaba sin decir nada.

Al fin salió un joven mal humorado y pidiéndome explicaciones. Después de unas pocas palabras, le invité a recoger sus cosas y a marcharse mientras seguía increpando. Le advertí por última vez. Ella no dijo nada. Parecía un pajarillo entelerido bajo la lluvia.
El bravucón salió diciendo que le habíamos jodido el plan entre los dos y que mi vecinita no era más que a una puta loca. Me aseguré de que llegaba a la calle. Al llegar al portal, sin decir nada, le emboqué un puñetazo lleno de rabia. Al volverse, le metí un codazo en la boca del estómago que le hizo caer al suelo.  -¡Ni se te ocurra volver por aquí! -le espeté.

Regresé al piso e intenté calmarla. Nos sentamos en su sofá, Sé que es una chica mal hablada, irreverente y rebelde, pero no puedo soportar ese tipo de actitudes por parte de nadie. Creo en su buen corazón. Sin embargo, verla de repente apoquinada me sorprendió porque ella no es de amedrentarse o de no sacar su mala leche a pasear.
Se acurrucó sobre mis piernas. Sus lloriqueos se volvieron mimos. Sus brazos se hicieron a mi cuello y su cara se acomodó en el hueco con el hombro.

- Noto algo duro por tu bolsillo -me ronroneó.
- Es mi móvil -contesté, intentando guardar la compostura.

Aquel pequeño pajarito que parecía indefenso se estaba convirtiendo en una gata mimosa.
Notaba sus labios entre abiertos sobre mi cuello y su cuerpo se adaptaba entre mis piernas. Ahora, o estaba ya perdido con mis demonios en baile, tenía que salir de sus dominios tan tentadores. Lo sentía como territorio apache.

- Vamos, ponte algo de ropa y te invito a  cenar a mi casa.
- ¿Comida china? -preguntó no sin cierta sorna.
- No -respondí tajante pero carente de rudeza-. Me apetece comida de casa, ensalada y carne a la plancha. Tengo vino y algún refresco.
                                                                     

Ignoré su sonrisa traviesa. Al fin se encaminó a su habitación, contoneándose y acomodando sus braguitas plegadas por el roce, entre aquellas nalgas menudas pero llenas de peligro. Mi cuerpo no quería que se retirará pero a mis ojos les encantaba ver cómo lo hacía. Y en ellos, mis demonios hablándome al oído.

Me dejaba ver mordiendo mi labio inferior, sin confesar que el dolor de mis dedos era horrible. Los huesos son muy duros.  Me adelanté para ponerlos un poco en hielo.
No tenía planes ni pensaba hacerlos, recordando al joven y sus palabras, pero ya dijo un famoso boxeador:  "Todo el mundo tiene un plan hasta que le dan su primera hostia".