viernes, 18 de septiembre de 2020

ALBORES

Demasiados días con demasiada paz, mi mente se estaba llenando de perversiones y mi boca echaba de menos mi licor favorito. Mi vecinita subía a horas incompatibles conmigo, me evitaba para realizar sus labores de limpieza en mi piso.
Con Min, desde que su marido vino de Corea, no sabía de ella y ya saben el dicho: "Cuando el diablo se aburre con el rabo mata moscas". Decidí darle una patada al avispero y provocar cosas.
Me presenté en el restaurante, la saludé cordialmente y pregunté si podía llevarme el pedido a última hora. Asintió con la cabeza sin decir nada.

Entró como siempre en mi piso, dejó la cena sobre la mesa con gesto ceremonioso. Su cabeza se inclinaba hacia abajo.

- ¿Todo bien, amor? -le susurré al oído mientras giraba a su alrededor.
- Sí, ya sabes todo. No sé qué decirte más.

Levanté su cara y la besé en la boca. Su reacción fue confusa. Quería retirarse y, a su vez, lo deseaba.

- Te echo de menos -dije, mientras mis manos la rodeaban. 

Su respiración nerviosa era conocida para mí. Con sus labios entre mi boca intentaba decir que era una mujer casada y sonaba a un, por favor, nada creíble.  Ya apoyada sobre la mesa y con la falda a la altura de su cadera, bajé a su sexo pero me paró. "Esto se acabó", pensé.
Fue al baño. Dejó la puerta abierta y observé cómo frotaba su sexo con una toalla húmeda. Al salir, volvió a enredarse en mi cuerpo como una serpiente, dándome por fin su cuerpo y mi licor favorito.

- Desnúdate y ofréceme tu cuerpo sin pudor. Ahora tienes más morbo para mí.

                                                                           

La penetré con firmeza. Usé palabras duras y la azoté enérgicamente. Me miraba sin entender pero no vi atisbo alguno de repudia.

- ¿Tienes hijos? ¿Cuántos? -interrogué mientras mis azotes eran más duros y ella no podía parar de hiperventilar.

Al final de una sesión de azotes y lamentos, confesó tener un hijo mientras profanaba esas nalgas en pompa y la masturbaba a su vez con un cómplice de juegos. Eran gemidos y quejidos por partes iguales y mi perversión crecía, asegurándome de que mi vecinita los escuchaba o quizás nos espiaba. Eso me daba un morbazo tremendo.

Acabé aplacando mis deseos  después de un par de semanas de abstinencia. La apoyé en la mesa mientras la besaba y mi cómplice remató la faena.
Me confesó que aquello era vergonzoso para ella, pero su lengua seguía por mi boca y sus brazos enroscados en mi cuello. Se hizo la calma. Solo se escuchaba su respiración agitada con su cabeza inclinada hacia abajo, apoyada en mi hombro.

 - Las cosas entre nosotros precisan cambiar, Min- -E hice una pausa en tanto le acariciaba el pelo-. No puedo ser ni tu novio, ni tu amante. Ne gustaría enseñarte un camino nuevo, si tú deseas, un camino donde conocerás el verdadero sentido de la libertad... y vivirás esta relación conmigo de una manera totalmente diferente. Te inspiraré la necesidad de estar conmigo, de desearme, de complacerme en todo... , cómo yo quiera y cuándo quiera, que acabes, libremente, eligiendo ser mía, totalmente mía. Tener el control de ti, que cedas tu voluntad a mi placer... -Ella me miraba como asustada. No estaba seguro de que comprendiera del todo lo que le estaba diciendo pero habíamos hablado alguna vez y había notado su curiosidad por el tema. No tenía prisa alguna.

Era tarde y pensé en acercarla al restaurante, mientras ella se vestía, me ausenté un momento. Baje a casa de la vecinita. 

- Tengo que salir pero, si quieres comida china, tienes sobre la mesa..., sin tocar. 
- ¿Estabas acompañado? -preguntó.
- No seas curiosa -contesté- y no entres al salón. Tengo que recogerlo -Dentro de mí había una sonrisa perversa. Sabiendo que allí,  en el suelo, exhausto, descansaba mi cómplice y toda la confesión obtenida, y que ella no resistiría la tentación.


Había cambiado algo dentro de mí. Cuando dejas salir a los demonios, algunos se niegan a volver…