jueves, 1 de abril de 2021

DEUDAS

Jueves de Relato


Me sorprendió aquella chica sacándome a bailar. Yo, quince años; ella, no más. Sabía mi nombre, me conocía de verme, de seguirme la pista...  Hablaba por los codos. Acabamos en un rincón, besándonos. Recordaré siempre cómo tomaba mi cara entre sus manos y me comía la boca diciendo que le gustaba desde siempre. Tenía unas arruguitas bajo sus ojos muy especiales.
 
 Unos años  más tarde, coincidimos. Yo salía con una barbie y ella se había echado novio. Nuestras miradas se encontraron en el hombro de nuestras parejas, bailando. Me sonreía sin parar y recuerdo que le lancé un par de besos discretos y secretos. Se podría decir que estábamos en la edad del pavo
Tiempo después, coincidimos en la discoteca. Iba de cuero, formando parte de un grupo de moteros. Recuerdo que al pasar ante ella me provocó con su mirada, con su cuerpo frente a mi, cortándome casi el paso.

- Que chulita estás -le susurré. Entramos en un juego de miradas y coqueteo durante toda la noche hasta que, en un momento dado, su novio se vino a increparme. Ella lo separó. La miré con rabia mientras los  amigos de ambos se tensaban. 

A renglón seguido, él salió del local. Ella me encontró en el pasillo del baño. Su mano sobre mi pecho me detuvo. 

- Solo he dicho que fuiste mi amor de juventud -volvió a enmarcar mi cara con sus manos-. No dejaré que nadie toque tu bonita cara.

Me pidió que la bajara a su casa. Vivía en una ciudad cercana. Hicimos el amor en mi coche, con hambre, con desesperación como si la vida nos debiera momentos para aliviar esa tensión. Sus ojos brillaban y esas arruguitas, más marcadas, seguían estando allí. 
 

No echamos más leña al fuego. Siguió con su motero. Yo, con mi barbie de labios rojos que me tenia loco. Nunca he sentido remordimientos. Han pasado muchos años y nos vemos alguna vez. Sigue sonriendo cuando me mira.
Sé que la vida y aquel imbécil no la trataron bien, y, aunque parezca extraño, tengo algún sentimiento de culpa, sabiendo que no todos los cuentos tienen final feliz.

lunes, 29 de marzo de 2021

CONTRICIÓN

Al día siguiente quería seguir con las pruebas de Min, era desafiante, Rememoré el último día de mi anterior trabajo y cubrí sus ojos, anudé sus muñecas y preparé una fusta. Seis toques espaciados para recordarle que se trataba de la misma terapia que utilizaba con Min. 
El espectáculo era majestuoso. 
Bajé a su sexo bordeando la firmeza de sus glúteos. Arrastré mi lengua por él. Jugué con los dedos, preparando el terreno. Sus gemidos, la tensión de sus piernas eran una oda a la victoria. Preparé el dildo, y se lo hice lamer. Me gusta que prueben de su propio veneno. De su boca a la oscuridad de su culo, prieto y hambriento. Volví a usar la fusta. Su piel respondía al estímulo. Placer, sutil dolor. Una perfecta tortura encaminada al cielo. 


- Envenenaré tu lujuria con mis palabras lascivas, corromperé cada pensamiento que desees tener... para que cada vez que te excites no puedas evitar pensar en mí -aseveré. Exigí que se viniera en mi boca, con la sorpresa por mi parte de su obediencia o, tal vez, porque era tanta su necesidad por correrse que era lo único que podía hacer. 

Aparté el juguete de su orto y embriagué mi pene entre sus pliegues destensados. No hubo piedad. Mi dominio era una dulce venganza, una conquista bárbara en la que mis instintos la profanaban una y otra vez al ritmo de un sonido provocado por el choque de las carnes. Me sentía salvaje, indómito, canalla y muy cabrón. Un ser con todo el control, sin apiadarme de sus quejidos, de sus suspiros. Era el precio a pagar por sus descaradas provocaciones . Quien juega con fuego, corre el riesgo de quemarse. 

Nos gusta lo prohibido que nos deja en el suelo pidiendo clemencia y demostrar que somos dignos. Nos gusta el dolor porque nos recuerda que estamos vivos.

viernes, 5 de marzo de 2021

ENMIENDA

Su descaro comparándose con mi coreana Min y sus ganas de sobresalir la llevaron a retarme. Por supuesto acepté.

Llevé a mi vecinita a cenar vestida como una stripper. Se sentía segura provocándome y, por supuesto, fue el centro de todas las miradas. Frente a un matrimonio de unos cincuenta años que no le quitaban ojo, le propuse que fuera descarada ante ellos. El cruce de sus piernas y su escote sin fin eran narcóticos.


Bajamos al garaje y pasamos a la parte trasera del coche. Desabroché toda su chaqueta dejando sus bonitos pechos al aire. Nos besamos muy densamente, con lascivia, dejando un reguero de hilos de saliva en los que, mutuamente, nos colgábamos. Le pedí que me diera su espalda y no tardó en ser consciente de que éramos fruto de la curiosidad de aquel matrimonio que, desde su vehículo, nos observaba con algo más que aquella curiosidad.

Se ensartó en mi sexo, comenzando un baile diabólico. Arriba y abajo. Se retorcía como un látigo. Sus pechos, frondosos como un ramo de narcisos. Sus movimientos salvajes, de amazona empoderada. No podían dejar de mirarnos. Mis manos deshojando sus narcisos, mi boca succionando sus vértices, mi verga adorada en la humedad de su sexo. Cinco minutos fueron suficientes para que todo su cuerpo, envuelto en descargas, convulsionase y los jugos nacientes entre sus muslos me empaparan por completo. 

Solo con la calma sobrevenida sintió algo de pudor al reparar más conscientemente en el matrimonio.

- Simplemente, sonríe cuando pases a su lado -le susurré.

Muy a la ligera, sus exigencias de castigos como a Min y mismo trato habían dejado de estar presentes en su mente después de la alteración sexual y explicita pero no para mí. Era hora de volver a poner las cosas en su sitio y volverla a la realidad. De mi mano estaba la cadena que la unía a mí. Fuera larga o corta, el control lo tenía yo.