miércoles, 3 de noviembre de 2021

DALLA

Relatos de los jueves



Estaban preparados para realizar la ofensiva al alba.
Unos cuantos hombres de avanzadilla sin saber muy bien su suerte.  El sargento los animó a contar de sus vidas. Era una forma de recordarse los unos a los otros, al menos los vivos. Hablaron de sus familias, de sus trabajos, de sus proyectos pero solo uno permanecía callado, mirándolos atentamente. El sargento lo provocó para que contase algo, su nombre, su trabajo, su futuro.

-Mi nombre está en la placa. Mi trabajo... hoy me lleva aquí, mañana allá. No me preocupa mi futuro. Tampoco tengo familia. Poco más puedo decir- sentenció. Su voz era grave. En sus palabras no había dudas; en su mirada no existía el miedo. Creó una expectativa rápidamente. 


Siguieron preguntándole por el miedo a luchar, sobre las mujeres, sobre todas las cosas mundanas... Cuanto más respondía, sin reparo alguno, sereno, más curiosidad creaba. Y siguió hablándoles:

- Esta guerra, según los mandos, hay que ganarla en el nombre de Dios y contra los infieles -hizo una pausa-. Creo que estos dioses no lo deben hacer tan bien cuando tienen tantos enemigos unos y otros. La muerte, queridos, solo es otro estado de estar. Respecto a la tan temida oscuridad solo es una manera de viajar, para que lo entendáis. Las sombras no existen, la luz no produce sombras. En cuanto a los más jóvenes, decíos que para que duren vuestras parejas, hay que simplificar los juramentos. Una mujer, bajo mi experiencia, con orgasmos y lealtad, será una mujer satisfecha. -Sabía que aquellas palabras mellaban en sus mentes más que las más profundas heridas de metralla-. Mi trabajo, que tanta curiosidad tenéis, antes de que acabe el día lo descubriréis. Hoy, a muchos, os llevaré conmigo. 

El silencio y el frío se hizo presente en la trinchera.

miércoles, 27 de octubre de 2021

METAMORFOSIS

Jueves de relatos


Era un hogar donde se encontraba demasiado cómoda, pero los chicos ya habían crecido y yo me encontraba como en corral ajeno. Necesitaba un cambio, un nuevo horizonte. 
Salimos a desayunar: café y tostadas con mantequilla y mermelada. A la hora de la siesta se duchó mientras mi idea se iba desarrollando en mi cabeza. Era arriesgada, por supuesto,. Entró en la habitación, con albornoz y toalla en su cabeza. La abracé y la besé. Primero ronroneando un poco, mientras el albornoz caía al suelo y su cuerpo quedaba desnudo. Se dejó hacer con el mismo deseo que me quemaba a mí. 
Era una hermosa hembra a sus cincuenta años. 

La  vencí sobre la cama. Sus pechos contra el colchón. Sus gemidos, sus giros de cabeza, su mirada inquieta eran señales de excitación... La embestí lentamente, dejándome sentir y empecé a bombear con fuerza. Su cuerpo se movía a mis vaivenes...
 Mis dedos se hicieron hueco en su zona más oscura, decidí pasar a otra acción. Penetré la estrechez de sus carnes. Aquel clamor anunciaba el paso del dolor al placer. Me fui en ella, ahí mismo. La llené de mí. Me vencí sobre ella. La acogí bajo mi peso y no me separé hasta que me noté libre. 
Un par de nalgadas, una cogida de pelo y un susurro sucio a su oído. Se hizo un profundo silencio. Sonreímos cuando se fijo en la mantequilla sobre la mesita. Algo había cambiado.


Esa misma noche, cenando en casa con unos amigos, aproveché el momento del postre y las risas de todos para enviarle un whatssapp. Sus ojos se abrieron como platos. En la pantalla, el final del episodio de aquella tarde. Mis dedos jugando. Mi erección abriéndola. Una visión de su sexo manando mi gozo. El lector de sus ojos se dirigió a los míos. Estaba sonrojada y algo nerviosa. También en ese momento dejó de ser la gallinita del corral para ser mi vicio en mi nueva morada.

jueves, 21 de octubre de 2021

VALIENTES

Jueves de relatos




La vi venir, deslumbrada en la noche por las luces de la ciudad. Sus ojos como cabezas de alfiler. Me parecía una diosa vestida de cuero y labios rojos, viviendo en peligro.
Ella, como tantos jóvenes, jugaba sin respeto ni miedos con las drogas. Me dejó por otros más valientes, mayores que se atrevían con cosas más duras que la proeza de un cigarrillo. Me costó reconocerla. Andaba perdida, sin rumbo. Parecía que tuviese mil años, sin vida, sin salud, zigzagueando con la vida.
De nuestras noches fumando, solo quedan las cenizas en la mañana. Estuve enamorado con diecisiete años. Ella era alguno mayor y siempre me mimó. Mi niño, me llamaba. 
Ahora la miro, es como la noche y el día. 
Pasó a unos metros de mí. Ni me vio. Ni me miró.  Yo tomé mi decisión: Entre vivir la vida y dejarla pasar, opté por lo primero.
Me sentí triste, muy triste, pero la dejé ir. Cada uno sube las escaleras como puede. Todos tenemos una juventud vivida peligrosamente. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.