domingo, 8 de noviembre de 2020

RAYADAS


Las cosas con mi vecinita han sido muy intensas y espero saber gestionarlas para que no se compliquen demasiado. 
Entré en mi casa el lunes, después de contestar demasiadas preguntas en el trabajo sobre mi acompañante en la cena de marras y dejar claro que era un bombón pero que solo había amistad. Me doy cuenta de que en muchas ocasiones no hay que perder tiempo ni paciencia en contar las cosas porque entre lo que yo digo y lo que los demás piensen, existe un abismo, casi siempre, insalvable. Ciertas verdades, por alguna razón, no resultan nada creíbles.

Luego de una ducha reparadora y unos minutos de relax, apareció ella. Me quedé extrañado porque llamó a la puerta. No es nada habitual ya que entra como Pedro por su casa, algo que no me gusta mucho porque sí, tengo mi privacidad oscura. -Me sonrío picaramente-. Su cara se sonrojó cuando me vio cubierto con la toalla y sus ojos evitaron mirar a cualquier lugar que no fuese la mía. Eso también era extraño para el desmesurado descaro de la muchacha. Su mirada me estaba desafiando aunque mirase hacia otro lado.


- He estado pensando y quiero dejar clara algunas cosas entre nosotros -me dijo como si tuviera ya un discurso bien argumentado o preparado. Me apoyé en la encimera y serví una copa de vino fresco para tomar. Era lo más apropiado para  "las historias" de la niña.
- Proceda usted -respondí. 
- Primero..., que te podías vestir, andas medio desnudo, y, segundo -respiró profundo, percibiendo en ella cierto enfado-, lo que pasó la otra noche no significa que tengamos una relación. No quiero que nos rayemos con este tema, aunque a veces caigamos o tengamos sexo, quiero que seamos libres. Bueno esto era más o menos lo que quiera decir finalizó mostrándome un tono más calmado, menos malhumorado. Apuré un trago vino y sonreí:
- Totalmente de acuerdo, señorita, nunca te preocupes por eso. Mis cosas me gusta tenerlas muy claras y , por tanto, que los demás tengan las suyas igual. Respecto a lo de vestirme -dije, haciendo una pausa- creo que no debo recordarte que estoy en mi casa y que no has tenido ningún inconveniente en verme ni vestido ni desnudo, pues entras como si esta fuera la tuya.


Acto seguido me quité la toalla y fui a mi baño a afeitarme. Sentía en mi espalda el peso de su mirada. Aquella situación me provocaba.

 - ¿Te gusto la otra noche? -preguntó en otro tono. Empezaba a ronronear mientras entraba en el baño. 
- Me encantó. Con una copita tienes un puntito muy chulo y estuviste encantadora en el fiestorro -dije, viéndola reflejada en el espejo.

Sus manos acariciaron mi espalda desnuda y sus brazos rodearon mi cuerpo. La miré en el reflejo del cristal, la besé con descaro. La recorrieron mis manos con indecencia y sentada de espaldas al espejo, mi boca se cobró su insolencia. Tantos humos altivos y ahora se difuminaban en una mansedumbre en la que la carne se apoderaba de su lógica. No estaba yo, tampoco, dispuesto a perder mi oportunidad. 
El ratón que se mete en mis dominios debe saber con qué gato se encuentra. 
La incliné frente al espejo,dejando que se viera, que se observara cómo su rostro iba cambiando, como sus movimientos se cedían a mí. La acaricié, tomé su piel con un deseo provocado. Indagué en el perfil de sus glúteos y la penetré con descaro, hablándole sucio y sin cuidado, poniendo distancia entre los sentimientos, solo follándola duro. Me gustaba aquel instinto salvaje que me suscitaba y cómo era capaz de convertirse de gata mimosa a perra cerril.


Ya más tranquilos,  no pude resistir la tentación de besarla y abrazarla para colmarla de ternura. Ese otro instinto calmado y protector para acto seguido decirle que había quedado aclarado todo y:

- ... No te rayes -seguí, haciéndole una carantoña en su todavía acalorado rostro-. He quedado esta noche con Min para cenar y debo vestirme. 

Al volver la puerta para cerrarla,  escuché:

- ¡Será hijo puta...!. -Sí, pude intuir la rabia contenida pero era evidente, y ella así lo había recalcado, que no formábamos un círculo más allá de esos momentos de sexo y de ese compromiso profesional para con mi casa. Dar la razón, confirmarla, tampoco siempre es entendible. ¿Cabreada de nuevo? ¡Qué complicado es comprender algunas cosas! ¡Y lo contento que yo estaba al poder tener una follamiga!

En fin, hay frutos de una sola cosecha y cosechas de muchos frutos.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

DÁDIVA

Jueves de Relato


Era otoño. Salí con mi perro por el monte.  Yo tenía casi cincuenta años. El perro empezó a ladrar. Me acerqué corriendo y, tras aquellos matorrales, vi, primero una pata, y luego el resto de un animal. ¡Dios!, era un caballo. Estaba muy aturdido, inconsciente. Aquella rama clavada en su frente debía haberle provocado una fuerte conmoción.. Lavé con cuidado aquella mistura de sangre y barro que pendía sobre su testuz y que manaba de aquella especie de  cuerno que formaba la rama. No me atreví a tocarla. Parecía estar profundamente hundida. 

Lentamente, se fue incorporando, aparentemente repuesto. Me sentía muy nervioso, incluso asustado. Reconocí un cuerno en su frente y no supe reaccionar al escuchar su voz. Humana. Tras su exposición argumentada decidí aceptar su regalo y sus condiciones. Me sentía un semidiós. Podía curar las más terribles enfermedades pero una vez cada dos años debía volver a quedar con él y sanarlo. La imposición de su cuerno en mi pecho me honraron sanador y él se liberó. 

- Recuerda -me dijo-: Cada vez que sanes a alguien, rejuvenecerás un año. Puede ser una bendición o una maldición... - Y aquel caballo con un cuerno, abrió sus alas y salió volando cual Pegaso.

Volví a casa y lo primero fue poner mis manos a la altura de mi corazón. Sonreí. Tenía algunas cacamacas como todo el mundo y un poco de ayuda no vendría mal. Visité a  familiares con dolencias serías, les impuse mi mano en el pecho. En una semana hablaban de milagros y yo aparentaba diez años menos.

Con el tiempo tomé conciencia de que aquel don, como dijo el unicornio, podía ser un problema. Me vi obligado a cambiar de ciudad, buscar una nueva vida. Llegó el día de encontrarme con mi mentor, en el mismo lugar.

- Te has quitado 20 años -observó-. Debes tener cuidado. Vas demasiado rápido. Nos veremos al año que viene... si no ocurre nada.

Al año siguiente le disparé un tiro en el corazón. Cambié mi identidad y por alguna razón, empecé a salir con mujeres de más edad. Desde entonces, he usado mi poder en contadas ocasiones. Mi aspecto es el de un joven de 20 años. He vivido mucho pero mi corazón se ha vuelto duro y egoísta. Quién no desea ese poder...  Pero todo en la vida tiene un precio.

Me estoy volviendo un eremita, intentando recuperar años. Observo mi rostro. He perdido la cuenta de mi edad pero ya sé por qué desaparecieron los unicornios.


lunes, 26 de octubre de 2020

ÁGAPE

Satisfecho después de mi encuentro con Min y encantado con la situación provocada a mi vecinita, volví a casa, a limpiar y recoger a mi cómplice del lugar del crimen. 
Al día siguiente coincidí con ella en casa. Entré seguro de mí mismo, saludando, rodeándola divertido y provocando su sonrisa con bromas, mientras doblaba ropa. Sacando mi mejor talante le pregunté.

- ¿Alguna braguita sospechosa? 
- ¿Ya estuvo tu china adultera ayer por aquí? -sonrió 
- Sabes que sí. -Hice una pausa incisiva-. Cenaste la comida que me trajo -aseveré, sabedor de que también encontró las pruebas. Hay que medir bien los movimientos. La ambición nunca debe ser mayor que el talento-.Tengo una propuesta para hacerte. Hay una fiesta de empresa mañana y debería llevar acompañante. Si quieres venir, te presentaré a mucha gente y serás una amiga. Cenaremos de lujo y de vuelta a casa... -No me dejó acabar.
- ¡En serioooooo! ¿Qué me pongo?, ¡necesito arreglarme y prepararme ropa! 
- Ponte un vestido y luce ese cuerpito que tienes -la piropeé, sonriendo por la frase de marras.

Fue el centro de las miradas. Mis manos acariciaban su cintura mientras le presentaba a todos. Me pegué a su espalda haciendo notar mi presencia descaradamente y la rodeé con mi brazo hasta dejar que mi mano se posara sobre su vientre. En una de esas, hice un ademán muy mío mientras les decía a un par de tipos:

- Me la llevo a comer algo... Es mía -Y, ahí, mi mejor sonrisa.

 La nena cenó como si le debiesen dinero, no sé donde lo mete.

Ya en el ascensor, bajando al garaje para volver a casa, insistí en pegarme a su espalda, rodeándola con mis brazos.

- Gracias por acompañarme -le susurré-, has triunfado y lo he pasado genial -continué, besando su cuello con mis labios entre abiertos. No necesitó separarse ni un centímetro. Rotó sobre sí misma y su lengua se hundió hasta mi garganta. Absorbió mi lengua con tanta avidez que pensé me la arrancaba de cuajo. Pero la agarré bien de las nalgas y la apreté contra mí. No se sorprendió de notarme duro de entrepierna.


Subimos al coche con más desgana que otra cosa. Creo, que de haberlo pensado menos, hubiéramos follado allí mismo pero la empresa es la empresa y uno tiene una imagen que conservar. 
Mi mano derecha era un duende entre el cambio de marchas y el hueco entre sus piernas. En un momento, vi sus braguitas de encaje blanco colgadas del mando. ¡Dios y mis demonios se pusieron como locos! Una hembra entregada, sin bragas, provocándome desde el otro lado del asiento. Intenciones sucias y mi mano, haciéndole la ola, juguetona, usurpadora, obscena... se coló entre el hueco de sus piernas hasta notar la calidez y humedad de su sexo, mientras la muy cabrona me iba haciendo preguntas sobre Min. Su curiosidad estaba siento insana y se mostraba como una perra en celo.


No llegamos a casa. El hambre a sexo nos pudo más. Aparqué debajo de un árbol, ahí donde la luz anaranjada de la farola llegaba difuminada y me abalancé sobre mi vecinita con el mismo ímpetu que ella me recibía. Igual que no sé dónde mete lo que come, tampoco sé bien de dónde saca esa fuerza. Me vi quieto en mi asiento, con ella encima, con sus pechos desnudos a la altura de mi boca y en la mirada todo el deseo acumulado como la humedad que empapaba mi sexo. 

Le comí la boca y noté cómo me hacía hueco entre los húmedos pliegues de su carne, como sus babas se fundían con las mías y los alientos, agitados, bailaban al ritmo de su cuerpo sobre el mío. Sus pechos eran un escándalo para mis demonios. Mi boca el recinto preciso para custodiarlos. Mis dientes, la mejor fricción... El olor de su piel, su sabor... y todo el vaho acumulado en los cristales. Conseguimos llegar a casa después de un desahogo acelerado. Entró a su piso un momento mientras yo me abría una cerveza helada. Me quedé descalzo, me relaja esa sensación, y escuché abrirse la puerta.


- Me pondré cómoda, también, no es de caballeros beber solo,  ¿sabes, guapito? -apuntilló.

Solo pude quedarme mirando esa obra de Dios. No pude pronunciar palabra, mi cuerpo hablaba solo. Tras un trago largo a mi cerveza, se la ofrecí y, sin dejar de mirar, cuando sorbía dejé escapar mis demonios... y los suyos los acompañaron.

Se convirtió en un volcán donde manos y boca eran lenguas de lava que me encendían. Cada gemido suyo era como un aliento a cada uno de mis deseos, a cada uno de mis demonios que no tardaron en atraparla y hacerla suya, siento yo esclavo de sus deseos hasta que, de pronto, se apartó, me miró fijamente, se sonrió... dejándome ver mis demonios echando fuego por su boca... y convulsionando en mi entrepierna donde su mano me sostuvo con ahínco. Me mordió los labios, se relamió como una vampiresa que acabará de hincar los dientes en el jugo más perfecto.